Cuando el gran escritor evitó una canallada

15/Sep/2014

El Observador, Correo de Ideas, Por Lincoln. R. Maiztegui Casas

Cuando el gran escritor evitó una canallada

El tema del conflicto
entre la razón de Estado y el derecho del individuo es tan viejo como la
cultura humana. Ya Sófocles, en Antígona, lo planteó de manera descarnada;
Antígona tiene la obligación moral de enterrar a su hermano Polinices, muerto
durante el sitio de Tebas, pero el Estado presidido por el rey Creonte lo ha
prohibido por el rey Creonte lo ha prohibido, y quiere que el cadáver quede en
el campo de batalla como pasto de los cuervos y los perros. Heroína trágica por
excelencia, Antígona debe optar entre su conciencia y su obligación de obedecer
la ley; y opta por la primera, pese a que ello le cuesta la vida.
Una perfecta demostración
de la vigencia de esta disyuntiva se dio en Francia a finales del siglo XIX con
el llamado caso Dreyfus. Y no se trataba aquí de ninguna ficción dramática,
sino de hechos reales que comprometían el destino de muchas personas.
Un repaso a aquellos
acontecimientos no solo pondrá al lector en contacto con uno de los mayores
escándalos políticos de los tiempos contemporáneos, sino que le permitirá
apreciar cómo, pese al transcurrir de los siglos y a las sucesivas y enfáticas
declaraciones sobre los derechos humanos, la oposición entre el individuo y el
Estado sigue siendo uno de los problemas de la sociedad humana que aún no ha
sabido resolver.
Un caso de espionaje
Corría el año 1894, y la
Tercera República Francesa estaba presidida por Marie François Sadi-Carnot
(1837-1894), un mandatorio extraordinariamente popular. Parecían, y de alguna
forma lo eran, años de opulencia y prosperidad; el presidente logró terminar
con la amenaza a la estabilidad política que representó el general nacionalista
Georges Boulanger (1837-1891, que se había suicidado en Bélgica), presidió los
festejos del centenario de la Revolución francesa (1889) y ese mismo año
inauguró la Exposición Universal de París y con ella la celebérrima Torre
Eiffel (por el ingeniero Alexandre Gustave Eiffel, 1832- 1923), que pasaría a
ser el símbolo mismo de la ciudad-luz.
Las cosas, sin embargo,
distaban de ser tan rosáceas; los movimientos socialistas de corte
revolucionario crecían, los anarquistas seguían atentando contra los jerarcas
políticos ( el propio Sadi-Carnot sería asesinado en junio de una puñalada por
un ácrata llamado Sante Jerónimo Caserio (1873-1894) y se extendía una ola de
antisemitismo rampante azuzada por algunos intelectuales de la derecha política
que seguían las tesis racistas de Joseph Arthur, conde de Gobineau (1816-1882).
Pero el principal problema
que afrontaba el país era la tensión constante que mantenía con Alemania, y los
deseos de tomarse una revancha de la catástrofe de 1871.
Ambos países- Alemania y
Francia-, insertos en la “paz armada”, se preparaban para un conflicto que,
como había señalado Boulanger, era inevitable, tarde o temprano.
En ese panorama, estalló
el escándalo. Una limpiadora de la embajada alemana en París llamada Marie
Bastian, que efectuaba además tareas de espionaje para su gobierno, encontró,
tirada en una papelera, una carta que contenía información reservada del
Ejército francés; estaba dirigida a Maximiliian von Schwarzkoppen (1850-1917),
agregado militar en esa representación diplómatica. La mujer se la entregó a un
funcionario del servicio de espionaje del Ejército, Hubert- Joseph Henry
(1846-1898). De manos de este la recibieron el jefe de Estado Mayor, Raoul le
Mouton de Boisdeffre (1839-1919), y el ministro de Guerra, Auguste Mercier
(1833-1921).
La evidencia
Era evidente que alguien
del Ejército francés estaba enviando información al potencial enemigo, lo que
era gravísimo.
Se ordenó una
investigación, y comparando la letra de la carta con la caligrafía de los que
trabajaban en el Estado Mayor, se llegó rápidamente a la conclusión de que el
culpable era el capitán e ingeniero politécnico Alfred Dreyfus, nacido en
Mulhouse en 1859, de familia judía.
En el mes de octubre,
Dreyfus fue sometido a una prueba caligráfica y, según los que valoraron, su
letra coincidía con la de la famosa carta.
Además, era de alguna forma
el candidato ideal: judío (sospechoso por lo tanto de ser escasamente
nacionalista) y nacido en Alsacia, territorio que Francia había perdido en 1871
y muchos de cuyos ciudadanos se consideraban alemanes.
Dreyfus fue detenido,
degradado en ceremonia pública, juzgado en Consejo de Guerra y condenado a
cadena perpetua. Se lo envió al célebre presidio de Cayena, en la Isla del
Diablo, frente a la Guayana francesa, del que se comentaba que nadie salía con
vida.
En todo momento Dreyfus
defendió su inocencia, y durante la durísima ceremonia de su degradación no
dejó de gritar: “¡Soy inocente! ¡Soy inocente!”.
Del error al crimen
Las pruebas manejadas
para condenar a Alfred Dreyfus eran extremadamente endebles, y un hermano del
condenado, Mathieu Dreyfus (1857-1930), inició una intensa campaña tendente a
demostrar el error del Consejo de Guerra. Logró el respaldo de un prestigioso
escritor y periodista llamado Bernard Lazare (1865-1903), también judío, que
acompañó las investigaciones y denuncias de la familia Dreyfus y les dio
publicidad a través de la prensa. Por fin, en marzo de 1896, el teniente
coronel Georges Picquart (1854-1914), jefe del servicio de contraespionaje,
llegó a una conclusión inequívoca: el verdadero traidor era el comandante
Ferdinand Walsin Esterhazy (1847-1923). Se comunicó al Estado mayor del
Ejército esta información.
El alto cuerpo castrense
decidió, sin embargo, mantener la condena a Dreyfus, contra toda la evidencia,
al tiempo que trasladaba a Picquart al norte de África y los sustituía por
Henry, que parecía el más empeñado en probar la culpabilidad del prisionero. Se
atribuye a uno de los militares este espeluznante razonamiento: “Si Dreyfus es
inocente, entonces el Ejército se ha equivocado. El Ejército es Francia, y
Francia no puede equivocarse”.
Lo que inicialmente podía
haberse considerado un error se estaba convirtiendo aceleradamente en un
crimen.
Poco a poco, la idea de
que se estaba cometiendo una injusticia flagrante fue tomando cuerpo en
sectores de la intelectualidad, y en 1897 varios integrantes de la familia
Dreyfus lograron una entrevista con el presidente del Senado, August Scheurer-
Kestner (1833-1899).
En octubre de ese mismo
año 1897, este declaró que se había convencido más allá de toda la duda de la
inocencia de Dreyfus. Inmediatamente, Mathieu denunció a Esterhazy ante el
Ministerio de Defensa.
El escándalo
En enero de 1898,
Esterhazy fue sometido a una parodia de juicio que duró unos minutos y se le
declaró inocente. La indignación de una influyente sector de altas
personalidades fue inmensa. Expresidentes como Georges Clemenceau (1841-1929),
escritores de la talla de Émile Zola (1840-1902), Anatole France (1844-1924) y
Marcel Proust (1871-1922), políticos de izquierda como Jean Jaurés (1859-1914)
y Leon Blum (1872-1950) y otras destacadas figuras firmaron documentos y se
movilizaron intensamente en demanda de la inmediata libertad de Dreyfus.
Francia se dividió al
medio: el gobierno derechista de Félix Fauré (1841-1899), las organizaciones
ultranacionalistas y antisemitas, miembros de la jerarquía de la Iglesia
Católica y las fuerzas políticas conservadoras se manifestaban en pro de la no
revisión del caso; los más radicales afirmaban que todo era parte de una
conspiración judía que tenía como propósito destruir a Francia.
Charles Maurras
(1868-1952) fundó el movimiento derechista y con un fuerte componente de
antisemitismo. En ese clima, la absolución de Esterhazy fue saludada con
expresiones de júbilo.
Del otro lado,
republicanos, socialistas y librepensadores de todo género denunciaban que se
mantenía en prisión a un hombre a sabiendas de que era inocente solo por salvar
la “razón de Estado” y por antisemitismo.
El país quedó dividido
entre dreyfusards y anti dreyfusards, y se profujeron choques entre manifestantes
de una y otra parte en los que hubo varios muertos, incluso en Argelia.
“Yo acuso”
El 13 de enero de 1898 el
diario L´Aurore publicó una carta abierta escrita por Émile Zola dirigida al
presidente de Francia, Félix Fauré, carta que estaba destinada a convertirse en
uno de los artículos periodísticos más célebres de la historia. Luego de narrar
sucintamente los hechos y de advertir al presidente la vergüenza que el caso
podría traer sobre Francia, terminaba con una serie de acusaciones: “Yo acuso
al teniente coronel Paty de CLam como responsable- quiero suponer inconsciente-
del error judicial, y por haber defendido su obra nefasta tres años después con
maquinaciones descabelladas y culpables. Acuso al general Mercier por haberse
hecho cómplice, al menos por debilidad de una de las mayores inquietudes del
siglo. Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas de la
inocencia de Dreyfus, y no haberlas utilizado, haciéndose por lo tanto culpable
del crimen de lesa humanidad y de lesa justicia con un fin político y para
salvar al Estado Mayor comprometido.
Acuso al general
Boisdeffrre y al general Gonse por haberse hecho cómplices del mismo crimen, el
uno por fanatismo clerical, el otro por espíritu de cuerpo, que hace de las
oficinas de Guerra un arca santa, inatacable. Acuso al general Pellieux y al
comandante Ravary por haber hecho una información infame, una información
parcialmente monstruosa, en la cual el segundo ha labrado el imperecedero
monumento de su torpe audacia. Acuso a los tres peritos calígrafos, los señores
Belhomme, Varinard y Couard, por sus informes engañadores y fraudulentos, a
menos que un examen facultativo los
declare víctimas de una ceguera de los ojos y del juicio. Acuso a las oficinas
de Guerra por haber hecho en la prensa, particularmente en L´Eclair y en L´Echo
de París, una campaña abominable para cubrir su falta, extraviando a la opinión
pública”. Zola fue procesado por difamación y para evitar la cárcel debió huir
a Inglaterra.
A raíz del artículo, de
la creciente presión social y del partido formal de Lucie (1870-1945), la
esposa del detenido, el Tribunal Supremo de Francia resolvió reabrir el caso;
Dreyfus fue traído desde Cayena en junio de 1899- había envejecido 20 años- y
juzgado nuevamente.
Ante una opinión pública
atónita, el nuevo Consejo de Guerra, celebrado en Rennes, lo volvió a condenar,
aunque esta vez a 10 años de trabajos forzados.
Fue tan grande la
indignación de la sociedad que el presidente Émile Loubet (1838-1929) indultó a
Dreyfus y lo puso en libertad.
EN 1906 la Corte de
Casación anuló los dos juicios contra Dreyfus y lo rehabilitó completamente,
devolviéndole su grado militar. Luchó en la primera guerra mundial como
comandante y murió en 1935.